Restaurante Coltauco

Coltauco tiene más historias que la Biblia. Nació a fines de los años setenta en la esquina de Coquimbo con Serrano y su nombre se debe a que su dueño, Samuel Parra, llegó desde la comuna de Coltauco.

Restaurante Coltauco
Ubicación: Serrano 901, Santiago.
Horario: Lunes a Sábado, 10:00 – 21:00.

Cuatro amigos entran a un bar. Vienen de un largo viaje vestidos de conscriptos desde una guerra entre chilenos y argentinos que nunca sucedió, pero que de todas formas trajo sangre y desdicha. Ahí piden unas cervezas mientras uno de ellos trata de reencontrarse sin éxito con quien creía era el amor de su vida. Entonces, resignados y alrededor de la mesa, levantan sus botellas en salud por el “Chilote”, quien en palabras de sus compañeros de patrulla fue “el único héroe de una guerra sin historia, de una que nunca fue”. La escena es la última de la película Mi mejor enemigo (2005) del director Alex Bowen y el bar donde se filmó es el Coltauco, ubicado en la esquina de Coquimbo con Serrano en el barrio Matta, un lugar que habita desde los años setenta la comuna de Santiago y que hoy se ve casi igual a como se muestra en la cinta.

Nació el año 1983 y su nombre se debe a que su dueño, Samuel Parra, llegó desde la mismísima comuna de Coltauco, Región de O'Higgins, a buscar suerte a la capital. Y la encontró. Un amigo le dio el dato que vendían un local y junto con su esposa lo compraron. Han pasado los años y el Coltauco mantiene una clientela del barrio. Desde vecinos hasta feriantes, pasando por imprenteros y mecánicos, la comunidad que colma sus mesas y comparte en la barra brinda por los buenos momentos de la vida. Ahí con chichón, chicha o pipeño, se brinda por las buenas y por las malas.

Pero han sido muchas más buenas que malas. Cuenta la historia que tanta fue la amistad que a mediado de los años ochenta armaron un equipo de fútbol, “Los Halley”, impulsados por el cometa que pasó por Chile en 1986. Entonces hicieron camisetas y tuvieron divisiones inferiores. Jugaban amistosos y viajaban fuera de Santiago con sus familias. Ganaron y perdieron. Eso sucedió hasta los años noventa donde cambiaron la cancha por la tele. Hasta el día de hoy se pasan los partidos de fútbol y los parroquianos lo disfrutan con una bebida, una pilsen y un completo. Todo con respeto. Todo con alegría. No por nada de sus paredes cuelgan los banderines de muchos equipos, incluso de equipos de los que ya no están, como si el tiempo aquí fuera la fotografía de una película de un cometa que pasó por el cielo pero que nadie vio.

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